THE "CHACHO" CONCEPT

IN MEMORIAM BILLY WILDER (1906-2002)
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Billy Wilder

Bueno... nadie es eterno

por Julio Gómez

<<Si el Cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el Cine ha alcanzado su objetivo>>

 

<<-¿Cómo le gustaría morir señor Wilder?

-A los ciento cuatro años, asesinado por un marido cornudo>>

             

Una de tantas frases implacables de la filmografía del último gran maestro de Hollywood era aquella que describía el comportamiento del periodista protagonista del estupendo film El gran carnaval: <<Good news, is no news (Las buenas noticias no son noticia)>>. Desgraciadamente, a Billy Wilder también le llegó el turno de ser noticia. Estoy convencido de que ese jueves santo de 2002 (fecha que parece una última broma irónica de Wilder), la inteligencia media de la especie humana bajó muchos enteros.

 

Era vox populi que Wilder había atravesado por numerosos problemas de salud en sus últimos años. Pero muchos de nosotros empezábamos a dudar de que el pequeño hombrecillo vienés que se convirtió -a base de trabajo duro pero gozoso- en el mejor guionista de la historia del Cine, pudiera llegar a morir como todo el mundo. Quizá lo que sostenía tan vana esperanza era su perenne lucidez mental. (Al fín y al cabo, quien ha ejercitado su cerebro de tal manera durante noventa y cinco años es inmune al Alzheimer). Habíamos asumido la omnipresencia de Wilder porque es uno de esos absurdos sentimientos que queremos mantener los que seguimos esperando imposibles tales como que en la próxima proyección de Casablanca, Ilsa mande al infierno a Victor Laszlo y se quede con Rick. Pero todo gran guión debe llegar a un final. Y la vida de Wilder era un material de primera clase.

 

No necesito reivindicar la figura de un director maldito y olvidado porque este rompedor de tópicos no era ni una cosa ni la otra. Reconocido por la crítica, la industria y el público, hacía años que le llovían homenajes, premios y condecoraciones. Casi la misma cantidad de tiempo que llevaba sin encontrar a un productor con las suficientes agallas en el bajo vientre y dedos de frente como para ofrecerle hacer otra película en vez de darle palmaditas en la espalda por lo que eufemísticamente gustan denominar de manera macabra y mortuoria como el conjunto de su obra.

 

Con todo, Wilder fue un hombre que disfrutó con una vida plena y razonablemente feliz y que, no obstante, se sentía lo suficientemente incómodo con la condición humana como para obsequiarnos con un cúmulo de obras maestras del celuloide que constituyen una reflexión sobre aquella tan caústica y certera que harían palidecer a Kafka, Proust y Joyce juntos.

 

Y sobre todo, justo es decirlo, Wilder ha sido detrás de su mascara de imperturbable ironía, descreimiento y escepticismo- un romántico empedernido. ¿A quién se le puede ocurrir si no insistir -película tras película- en que el ser humano pueda rescatar algo de dignidad de entre el montón de estiércol que el homo sapiens ha sembrado a su alrededor en el último millón de años?  Sólo a un verdadero romántico, enemigo encarnizado de la cursilería barata y del sentimentalismo fácil de tantos pedantes calificados de sensibles por el articulista o crítico de moda en cada momento.

 

Billy Wilder no creía ni en las religiones, ni en las instituciones, ni en el sistema. Creía en ese tipo de gente, anónima, insignificante y casi invisible que con sus pequeños actos otorgan un poquito de sentido a la vida en la bolita achatada por los polos en la que nos empeñamos en permanecer. Donde otros ponen la burla grotesca o la carcajada cruel, el ponía la sonrisa cómplice de quien sabe que jamás hay que insultar a la inteligencia ni a la sensibilidad de tu público para despertar su atención. Y por eso, le hemos querido y le querremos tanto.

 

Trabajador infatigable, autocrítico, sobrio y brillante a un tiempo, este creador tan cercano como inabarcable deja tras de sí un reguero de imágenes y palabras imborrables y un enorme vacío en los corazones y en el vocabulario de quien intenta encontrar superlativos para alabar su talento, bonhomía y personalidad. Hasta su último suspiro, demostró que eso de que sólo los buenos mueren jóvenes es, o bien una majadería, o una metáfora condenadamente apropiada en su caso.

 

Mucho después de que todos nosotros seamos noticia, Fred Mac Murray seguirá encendiéndole puros a Edward G. Robinson, Gloria Swanson seguirá penetrando en las brumas de la locura tanto como Ray Milland en las del alcohol, Kirk Douglas seguirá reinventando el sensacionalismo, Robert Stevens seguirá desvelando su secreta adicción a Geneviève Page, Marilyn Monroe seguirá perdiendo la cabeza por saxofonistas como Tony Curtis, Marlene Dietrich seguirá engatusando a Charles Laughton, James Cagney seguirá echando chispas y burbujas de Coca-Cola y William Holden tendrá su propia piscina y encontrará la salida de un campo de concentración mientras que Jack Lemmon seguirá peleándose con Walter Matthau, bañándose desnudo con Juliet Mills y jugando al gin rummy con Shirley MacLaine. Entretanto, en una oficina de Beverly Hills, ahora vacía, se descolgará después de muchas décadas un cartél con la inscripción ¿Cómo lo haría Lubitsch? mientras muchos guionistas o directores en pañales añadiremos ¿Y Wilder?

 

Billy Wilder no llegó a los ciento cuatro años.Tal vez porque comprendió que ni siquiera un marido cornudo puede asesinar la humanidad de un genio.
 
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