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La última
vez que Bobby Fischer participó en una competición de ajedrez pidió a los organizadores del torneo que elevaran varios
centímetros el retrete de la habitación del hotel en el que se hospedaba, en la ciudad yugoslava de Sveti Stefan.
El mejor entre los mejores debía estar por encima del resto de los mortales; sí, también en los momentos de urgente intimidad.
El más grande ajedrecista de todos los tiempos terminó ganando aquella última partida ante el ruso Boris Spassky en 1992.
Después desapareció, sin más.
Los aficionados al ajedrez y la gran mayoría de sus compatriotas estadounidenses, que
durante la Guerra Fría lo consideraron un héroe nacional, han tenido que esperar cerca de una década para volver a saber del
hombre que humilló a los soviéticos en un deporte que consideraban de su propiedad.
Las Torres Gemelas de Nueva York
acababan de ser tumbadas en el mayor atentado terrorista de la Historia el 11 de septiembre de 2001 cuando alguien que decía
llamarse Bobby Fischer llamó a la modesta emisora filipina Radio Bombo para dar su opinión sobre lo ocurrido: «Son
grandes noticias», se pudo escuchar al otro lado de la línea. «Ya era hora de que alguien le diera
una patada en el culo a EEUU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América desaparece del mapa».
En realidad,
Fischer llevaba dos años realizando intervenciones similares en pequeñas estaciones de radio de Filipinas y publicando más
tarde esas grabaciones en una página de Internet (http://home. att.ne.jp/moon/fischer/) en la que pide a las emisoras de todo
el mundo que le permitan contar su verdad. Brevemente resumida, su verdad, su mundo viene a ser algo así: una mafia
de agentes comunistas y judíos le persigue para envenenarle, su fortuna ha sido robada en una conspiración de agentes de la
CIA, Bin Laden es un héroe y Hitler no fue suficientemente lejos en su represión de las «ratas judías».
Dicen
quienes lo conocen que el Gran Maestro del ajedrez, que el próximo marzo cumplirá 62 años, ha sido traicionado por
su propia mente. Su caso recuerda al del matemático -y esquizofrénico- John Nash, nobel de Economía cuya vida, también
marcada por una mente que nunca llegó a controlar del todo, ha sido recreada en Una mente maravillosa. Fisher, prófugo
de la justicia estadounidense, olvidado y neurótico, vive exiliado entre Tokio y Manila, donde se ha casado con una filipina
40 años menor y ha tenido una hija. Casi todos sus amigos le han abandonado y en el mundo del ajedrez crece la opinión de
quienes creen que ha perdido el juicio.
Nada de lo que le ha ocurrido al Gran Maestro podría entenderse sin dar marcha
atrás en el tiempo, hasta un día de mayo de 1949 en que recibió como regalo un tablero de ajedrez en su Chicago natal. La
obsesión del pequeño Bobby por descifrar aquel juego le llevó a incomunicarse del mundo, y su madre, preocupada por su carácter
antisocial, puso un anuncio en el diario local Brooklyn Eagle preguntando por niños de su edad que tuvieran la misma afición.
«No se interesaba por nadie que no supiera jugar al ajedrez y no había muchos niños a quienes les gustara el juego
por entonces», aseguró años después Regina Wender de su hijo.
El niño prodigio se inscribió en un club
de ajedrez del barrio y a los 10 años participó en su primer torneo. A partir de ahí, Bobby Fischer empezó a ganar competiciones
hasta batir todas las marcas posibles: el campeón nacional de EEUU más joven -ganó las ocho veces que participó-, el Gran
Maestro Internacional de menor edad de la Historia, con 15 años, y el más novato candidato al campeonato del mundo... «Sólo
quiero jugar al ajedrez, nada más», decía por entonces Fischer.
Lo que marcó definitivamente la vida
del ajedrecista fue su decisión de abandonar la escuela a los 16 años para dedicar 14 horas al día a su única
pasión. Llenó la vivienda que compartía con su hermana y su madre de tableros de ajedrez para jugar varias partidas simultáneas
consigo mismo, yendo de una habitación a otra para desafiar sus propios movimientos.
Con un coeficiente intelectual
de 180 y esa obsesión enfermiza por el ajedrez, el joven adolescente empezó a adquirir manías y excentricidades
que pronto encandilaron a la prensa y a los aficionados. Cuando llegó su gran oportunidad de hacerse con el campeonato del
mundo, en Islandia ante Spassky en 1972, Fischer estuvo a punto de retirarse la víspera del enfrentamiento porque
la televisión islandesa no emitía su programa favorito. Un deporte acostumbrado a jugadores grises y sesudos
tenía por fin su enfant terrible, el espectáculo estaba garantizado.
La «partida
del siglo», como sigue siendo conocido el duelo Fischer-Spassky, enfrentó al todavía muy joven
estadounidense de 29 años y al campeón del mundo y entonces líder de una generación de estrellas del ajedrez entrenados a
conciencia por el régimen soviético. El encuentro fue un episodio más de la Guerra Fría en el que los rusos denunciaron que
los americanos habían instalado aparatos electromagnéticos en la sala para desorientar a su jugador y el pueblo estadounidense,
desde el presidente Nixon a los millones de americanos que no habían jugado jamás al ajedrez, se olvidó por un momento del
béisbol para apoyar a su genio.
Fischer decidió aplicar su teoría de que no basta con ganar al oponente, también
hay que humillarlo. Mientras Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar rodeado de 30
expertos soviéticos su respuesta, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos. Desesperado
y bloqueado ante los movimientos del «diablo americano», Spassky terminó rindiéndose a su adversario.
«Nadie le ha dado a EEUU lo que yo, y mirad cómo me lo han pagado, robándome y obligándome a permanecer en Japón
[oficialmente su lugar de residencia]», dice Fischer en otra entrevista radiofónica recordando su histórico triunfo de 1972.
Bobby
Fischer fue recibido como un héroe en EEUU tras su triunfo en Islandia. La prensa le agasajó, le llovieron contratos millonarios
-los rechazó todos- y los famosos y ricos del momento se rifaron una amistad que él despreció.
Algunos de ellos, cantantes y actores, pagaron sumas millonarias por recibir lecciones del ídolo. Tras unos meses en los que
aseguró no poder soportar por más tiempo a «tanto buitre», el campeón desapareció. Sin más.
Las espantadas
del Maestro empezaban a ser ya una parte más de su personalidad. En esta ocasión, sin embargo, Fischer alargó su huida casi
tres décadas. La Federación Internacional de Ajedrez le retiró el título de campeón del mundo en 1975 ante sus reiteradas
negativas a defender su corona frente a la promesa rusa Anatoly Karpov. Al contrario que otras estrellas jóvenes que no logran
asimilar su fama y fortuna, el problema de Fischer nunca fueron las drogas, el alcohol o las mujeres. Su
punto débil siempre fue su punto fuerte: su propia mente.
El dinero le sobraba, pero lo despreciaba. Una vez
se hubo retirado en el mejor momento de su carrera, el vacío dejado por el ajedrez lo ocuparon las lecturas sobre conspiraciones
y teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando sus fantasías. «El hombre blanco
debería abandonar América e irse de vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país debería ser
devuelto a los indios», dice Fischer.«El poder judío quiere dominar el mundo», denuncia.
«El ajedrez no es más que una forma de masturbación mental», sentencia el jugador.
A los
interesados en escuchar éstas y otras teorías, Fischer les remite a la dirección de correo electrónico u.s._is_shit@docomo.ne.jp
(EEUU_es_mierda@docomo.ne.jp si se traduce literalmente al español) de su página web creada desde Japón. De la pared
de su cuarto colgó durante años una fotografía de Hitler, al que Fischer dice admirar por la capacidad que demostró para «imponer
su voluntad al mundo» y por el genocidio contra los judíos. «Las sinagogas que quedan en pie deberían
ser destruidas y los judíos, ejecutados», ha mantenido en el pasado el ajedrecista.
Ese antisemitismo
es, sin embargo, una de las grandes contradicciones de su vida y que nadie ha sabido explicar: Bobby Fischer nació
en un barrio judío y su madre fue judía.
Detrás de la compleja personalidad del «loco maravilloso» siempre
ha subsistido un inmenso complejo de inferioridad, acentuado por su falta de educación y su incapacidad para hacer nada destacable
lejos del tablero de ajedrez. Su paranoia se ha visto agravada en los últimos años por su exilio forzado, y en todas sus declaraciones
demuestra la ira irrefrenable que le provoca la imposibilidad de volver a EEUU, donde asegura que le han robado recuerdos
históricos y artículos valorados en «cientos de millones de dólares». Una investigación del Atlantic
Monthly confirmó hace un mes que en realidad sus propiedades fueron subastadas después de que se dejara de pagar el alquiler
del almacén donde se guardaban.
Los problemas de Fischer con la ley tienen su origen en la partida contra Spassky en
1992, una reedición comercial del duelo por el campeonato del mundo de 1972 que le reportó más de tres millones de dólares
en ganancias. El problema fue que no escogió el mejor lugar para disputar el evento. EEUU mantenía por entonces un embargo
contra el régimen yugoslavo a causa de la guerra de los Balcanes y, violándolo, el Maestro sabía que se enfrentaba
a una posible condena de 10 años de prisión. A pesar de ello, organizó una rueda de prensa poco antes del torneo
y, tras romper delante de las cámaras la orden del Gobierno estadounidense
prohibiéndole participar, admitió que no había pagado sus impuestos desde 1976 porque no pensaba entregar un solo dólar a
un Estado genocida como el americano.
Si alguna vez existió la posibilidad de que los agravios del ídolo caído
fueran perdonados, el propio Bobby Fischer se encargó de dinamitarla cuando aplaudió los atentados del 11-S. «Patético», «loco»
y «despreciable» son algunos de los títulos con los que sus compatriotas le han descrito en la prensa americana en el último
año.
Sus admiradores, que todavía son un ejército en el mundo del ajedrez, han esperado durante más de tres décadas
a que las excentricidades del campeón se apaciguaran y su ídolo volviera a la competición.
La mayoría de ellos desconoce
que en realidad Fischer regresó hace ya algún tiempo para demostrar una vez más, desde el anonimato, que sigue siendo el mejor.
«Estoy convencido al 99% de que se trata de él», ha asegurado el Gran Maestro británico Nigel Short, derrotado
ocho veces seguidas por un supuesto desconocido a través de Internet. Los mejores ajedrecistas del mundo utilizan
la Red desde hace algunos años para enfrentarse entre ellos y dar a los aficionados la oportunidad de demostrar sus habilidades
en partidas cibernéticas.
Bobby Fischer no ha podido resistir la tentación y desde algún lugar, en Filipinas o Japón,
ha desafiado a los campeones de hoy. «En nuestra primera partida empezó con movimientos incomprensibles, algunos
de ellos absurdos. A partir de esos errores deliberados [para despistar] surgieron movimientos de un poder extraordinario.Simplemente
me aplastó», recuerda Short que, tras haber estudiado las jugadas de su anónimo oponente, no tiene duda
de que se trata de El Genio.
El ajedrez sigue siendo probablemente lo único que llena la vida de aquel niño
solitario que sólo quería relacionarse con quienes supieran jugar a su obsesivo entretenimiento. Ni el matrimonio ni la paternidad
han logrado llenar ese hueco: el entorno de Fischer en Filipinas asegura que sólo visita a su familia seis o siete veces al
año y que pasa el resto del tiempo viajando a la deriva, buscando emisoras de radio en las que denunciar el complot contra
su persona. Su madre y su hermana, con las que había recuperado el contacto tras años de distanciamiento, murieron a finales
de los años 90. El maestro ha dejado de hablarse con todos sus amigos
de EEUU, a los que considera parte de la conspiración judía para hundirle.
El consuelo que trató de buscar
durante algunos años en la secta apocalíptica Iglesia Mundial de Dios terminó en fracaso cuando se dio cuenta de que lo
único que querían era sacarle «hasta el último céntimo».
Completamente solo en el mundo, Fischer
vive hoy de los derechos de autor de los libros de ajedrez que escribió hace años, incluida la que está considerada
como la mejor obra en la historia del juego: Mis 60 partidas memorables (1969). Sus intentos de obtener también derechos
de autor por la película del director Steve Zaillian En Busca de Bobby Fischer -la lucha interna
de un niño prodigio del ajedrez- fracasaron en los juzgados.
El ajedrecista filipino Eugene Torre es una de las pocas
personas que mantienen contacto con Fischer, de quien dice que es un hombre incomprendido. «Es honrado y honesto,
un pedazo de ser humano».¿Loco? «Es un hombre de principios, lo sé porque le conozco desde hace muchos años.
Está perfectamente cuerdo, pero sus opiniones son polémicas y hacen que la gente crea que está desequilibrado. Le han hecho
mucho daño», dice Torre, que asegura no saber dónde se encuentra Fischer ahora mismo.
Los silencios del antiguo campeón
han sido aprovechados por sus críticos para asegurar que detrás de sus bravuconadas siempre se ha escondido un terrible miedo
a perder y que ésa fue la única razón de que nunca defendiera su título de campeón del mundo.Los historiadores del juego recuerdan
que, a pesar de su superioridad sobre el resto de jugadores, abandonaba numerosos torneos tras poner sobre la mesa demandas
imposibles.
Fischer siempre ha denunciado que las competiciones
internacionales están amañadas y ha creído una estupidez enfrentarse a una máquina, como han hecho otros grandes maestros.
Por eso creó un nuevo modelo de ajedrez aleatorio en el que el mejor jugador, y no el que más estrategias y movimientos ha
memorizado, tiene todas las de ganar. El modelo Fischer se basa en el sorteo de la posición inicial de las piezas en las filas
uno y ocho del tablero. El resultado, 960 posiciones de inicio y un número de aperturas infinito que anula la posibilidad
de que los jugadores con una memoria excepcional puedan ganar sus partidas como si fueran robots, sin que intervengan grandes
estrategias.
El sueño de Fischer era revolucionar el ajedrez moderno y, de paso, hacer un buen negocio. Aunque
su modelo ha tenido una buena aceptación entre los aficionados, los grandes torneos han seguido utilizando el método clásico.
«Si Bobby Fischer ha sido el mejor es porque logró todos sus triunfos sin los trucos de hoy», asegura
su amigo y solitario defensor Eugene Torre.
Incomprendido o loco, Fischer ha pasado la vida escapando de su propia
genialidad. En su última intervención radiofónica, en una emisora de Islandia el 27 de enero de 2002, el locutor preguntó
al Gran Maestro que quién había sido el más grande entre los grandes: él o Gary Kasparov. «¿Cómo puedes compararme
a mí con un tramposo? Yo nunca he jugado una partida previamente amañada.La mayoría de las victorias de Kasparov, la mayoría
digo, han sido amañadas. Yo todo lo he conseguido por méritos propios.No creo que haya muchas personas que puedan decir lo
mismo», respondió.
Y después Bobby Fischer desapareció. Sin más.
Nota:
En julio de 2004, mucho después de que publicaramos este misterio, Bobby Fischer -de 61 años- fue detenido
en el aeropuerto de Narita en las afueras de Tokio (Japón) cuando intentaba embarcar en un vuelo de Japan Airlines en dirección
a Filipinas. Al parecer, no sabía que se le había revocado el pasaporte poco antes de esa fecha. Finalmente, tras ocho meses
de litigios para evitar la extradición a EE.UU., Fisher recibió la nacionalidad islandesa (concedida por el gobierno de dicho
país, cuyo embajador en Japón afirmó que el ajedrecista era muy querido en la gélida isla desde la mítica partida de 1972)
y partió en dirección a su nueva patria de acogida.
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