THE "CHACHO" CONCEPT

Su Señoría no está de humor

Inicio
THE "CHACHO" CONCEPT
¿De qué va esto?
¿Quién es quién?
Artículos
Relatos
Guiones
Misterios
Leyendas de la Red
Lista de correo
Tertulia
Taberna
Café Jurfendu
Enlaces
Contacto
por Julio Gómez

De entre todos los objetos inanimados, el espejo es el más insolente, el único que se atreve a pagarnos con la misma moneda nuestras traiciones, vanidades, hipocresías, adulaciones e indiferencias. Hay quien achaca este insidioso comportamiento a una irritante falta de personalidad, pero tales acusaciones resultan del todo falaces. Porque el espejo conoce la utilidad de la ironía como arma y si bien nos devuelve despectivamente las imágenes que pretendemos proyectar sobre él, no por ello deja de tomarse la molestia de invertirlas. Esta inversión no es baladí en tanto en cuanto cada vez que invadimos su intimidad con nuestras caras lo que nos muestra implacable- son nuestras cruces.

 

         Al juez no le contrariaba esta actitud. Al contrario, se le antojaba imprescindible esa mirada desdeñosa y sin embargo, ecuánime del espejo. No dejaba de examinarla a diario.

 

Porque el juez albergaba un absurdo anhelo en sus entrañas.

 

El conmovedor deseo de alcanzar la objetividad más absoluta.

 

Su fervor obsesivo hacia el trabajo bien hecho mantenía viva en él esa meta. Las metas más ingenuas son las más imperecederas. El juez lo sabía muy bien, pero estaba decidido a intentarlo todo.

 

Había comenzado por su aspecto externo. A las dos semanas de proponérselo con gran afán, el juez lucía la indumentaria más neutra imaginable. De hecho, estaba más allá de lo imaginable, porque la imaginación es demasiado veleidosa para detenerse ante visiones tan anodinas.

 

Luego, concentró sus esfuerzos en su cuerpo, en especial en lo concerniente a su rostro. Este proceso le llevó mucho más tiempo. Renunciar en vida a toda forma de expresión corporal, a toda manifestación lúdica, sentimental o de tristeza requirió lo mejor de su voluntad. Fue doloroso incluso. Pero los músculos terminaron por rendirse ante tan férrea determinación y se relajaron hasta tal punto que a las arrugas les daba pereza asomarse al exterior.  El juez adoptó entonces una serenidad aséptica, inescrutable y digna, pero carente de toda majestad o altivez.

 

Se sabía cerca.

 

De todos modos, el deseo le seguía atormentando a su manera sibilina y subcutánea. Las sentencias se acumulaban sin que lograra desprenderse del fantasma del arbitrio. No podía entrever un final para ese gólgota de toga y mazo y, por primera vez, se atrevió a considerar la futilidad de sus tormentos.

 

Presa de un atisbo de desesperación llegó a la conclusión de que necesitaba un claustro que se correspondiera con su sobria y uniforme fachada. Y la simplicidad de la solución le golpeó con inusitada fuerza.

 

Su única necesidad era no estar de humor. De ningún humor, ni bueno ni malo.

 

Esta súbita comprensión le allanó el camino a sus esperanzas de éxito. No precisó mayores esfuerzos. El conocimiento de un hecho tan nimio era la clave última de su propio enigma. Sólo tuvo que dejarse llevar por ese flujo transmutatorio que le invadía.  Por fin, hasta el espejo de su despacho le devolvía una imagen incolora, levemente compasiva, desprovista de su habitual malicia.

 

Inquieto ante su hallazgo, presintiendo la inminencia de lo inevitable llamó a la secretaria judicial para que lo acompañara a sala y esperó

 

El juez se sentó tras su mesa desgastada por la acumulación de archivadores, expedientes y sinsabores y se dispuso a recibir los dones de la imparcialidad total. Experimentó un escalofrío que le hubiera producido gran satisfacción de haber sido capaz de saborear goces ya olvidados.

 

Fue entonces cuando adquirió conciencia de su colosal logro. Por primera vez era capaz de discernir las motivaciones que regían el universo sin verse enturbiado por prejuicios o concepciones morales de ningún tipo. Era uno con la naturaleza. Por un segundo, se preguntó, sin falsas modestias ni pretensiones, si su actual estado no lo habría equiparado a Dios.

 

La secretaria judicial, abrió la puerta del despacho después de tocar repetidas veces sin obtener respuesta. El despacho estaba vacío y tampoco había rastro de su señoría en el cuarto de baño privado. Sólo un espejo que parecía reflejar las cosas en blanco y negro. Desorientada, se frotó los ojos y salió de nuevo al pasillo en dirección a la sala. Sin duda, él ya se encontraría allí. Mientras accionaba el pomo de la puerta pensó divertida- para qué querría el juez una silla más tras la mesa del despacho.

 

            En especial una tan vieja y destartalada.

Si alguno de nuestros contenidos te desasosiega, ofende, o va en contra de tu moral y/o principios presenta todas tus quejas y ponnos a parir aquí
 
 
 
Creada en, por y para el Absurdo por Julio Gómez & Co.