THE "CHACHO" CONCEPT

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Monólogo subterráneo
por Julio Gómez 

Hoy el vagón de metro huele a iglesia románica, a piedra húmeda impregnada del incienso de los siglos. Casi he podido sentir el tacto, la aspereza acolchada del musgo pujante entre la sillería. Llevo un libro entre las manos. Mis ojos recorren la Alejandría de Justine de forma mecánica. El resto de mis sentidos se ha confabulado para arrastrarme mucho más al norte. Pienso, divertido, que es una pequeña venganza por la tiranía que les impone la mirada. Siempre desde la barrera, mis oídos absorben los minúsculos auriculares de mi celda de aislamiento sonoro. Ansían tornar ese retazo evocador en unidad absoluta. Levanto la vista y por un instante saboreo el don de la ubicuidad. Luego, todas las señales se concentran en una sola, sutil pero poderosa, como una enorme multinacional anatómica. Durrell y sus polvorientas calles ocupan otro asiento a millones de vagones de allí. Y yo dejo de mirar y comienzo a ver.

 

        La sensación es plena, totalizadora. Enfrente, varias personas se entregan a ese misticismo ritual tan urbano, consistente en esquivar su obligado contacto mutuo. Encapsulados en sus plegarias de indiferencia son, sin embargo, la viva imagen los unos de los otros. Aspiro de nuevo ese olor, extasiado en la contemplación del oratorio subterráneo. Este es el tiempo de Charlie Parker me digo. Hablo en voz alta sin pronunciar una sola palabra. Con esa peligrosa autoconciencia que censura lo previsible de tus pensamientos apenas estos se producen. ¿Otra vez embaucándote en tu tocayo, viejo? ¡Si hasta pensás en porteño, sonso!. Sonrío con sorna. ¡Vaya mierda no poder correr más rápido que yo! Aunque baje la guardia siempre me alcanzo. Pero encajo bien esa derrota y me felicito por el triunfo. Al menos no tengo los píes en la tierra, sino debajo de ella.

 

        ¿Cuál es el culto que nos halla aquí congregados? Hasta donde yo sé, soy tan ateo como puedo permitirme sin caer en otro dogma. Desconozco cuántas confesiones se agolpan en esta suerte de oruga ecuménica, de campo de refugiados rodante con alambradas mentales de acero y plástico. Tal conocimiento es irrelevante. Falsos valores, prejuicios y supersticiones de todo tipo y condición son arrojados con el lastre y se pierden en el vacío, que es su lugar de origen. El vaivén marca el compás del órgano y mantiene el trance colectivo. Ahora lo siento. Este es el vudú rutinario de lo cotidiano. Parece impersonal, imprescindible, y tan concreto, que hoy he llegado a olerlo

 

        Y sin embargo, qué oportunidad única para la abstracción común. El universo cabe en trayectos de media hora. Estoy absorbiendo toda su energía. Soy el agujero negro de este vagón, el último del tren. En mi macuto, el casete se detiene con un chasquido seco. Ya no necesito comprar pilas, construyo mi propia armonía de contradicciones asumidas. Continúo absorto en el ceremonial. Permanezco ajeno a él, como todo sumo sacerdote. Una orgía de partículas de aire compartidas baila con los acólitos, fusionados gracias a sus diferencias individuales. Y me invade la certeza de que más que avanzar; fluimos.

        

Al cabo de mil y una jornadas, nuestra Sherezade se interrumpe con un pitido. La música se detiene y los pies me impulsan a favor de la corriente, lejos de mi cálido púlpito. Abandono el harén con apenas un leve déjà vu automático de andén y ascensor entre mis posesiones. La luz del día hiere el templo con su temprano aliento mientras lucho por escapar al coágulo de creyentes. ¿Qué habrá ocurrido en el mundo exterior entretanto? Me conduzco cerca de una fila de periódicos apilados a medio metro de la boca que nos escupe. Inquieto, vuelvo sobre mis pasos para atisbar el reflejo gráfico de la nueva conciencia de especie surgida minutos antes. Leo los titulares a cierta distancia: Crece la tensión entre israelitas y palestinos en los territorios ocupados.

 

¡Hay que joderse! Después de todo no hemos avanzado un ápice.

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Creada en, por y para el Absurdo por Julio Gómez & Co.